Columna Con Sentido | Por Horacio López
En el Valle de Toluca, donde el frío suele calar más hondo que la razón, esta semana fuimos testigos de un fenómeno que parece extraído de un guion de realismo mágico mal ejecutado.
La imagen de la Virgen de los Dolores en una capilla del municipio zapatero de San Mateo Atenco, que supuestamente vertía lágrimas “reales”, terminó siendo lo que dicta la física y el sentido común: un proceso de restauración.
Sin embargo, lo que verdaderamente debería hacernos llorar no es la efigie, sino la alarmante fragilidad de nuestro criterio colectivo.
Es comprensible que, en tiempos de incertidumbre, el ser humano busque asirse a lo extraordinario.
Pero hay una línea muy delgada entre la devoción y la autoinducción a la ignorancia.
El fervor ciego de quienes abarrotaron el templo no solo buscaba consuelo; buscaba la validación de un pensamiento mágico que elude cualquier cuestionamiento técnico.
Resulta preocupante que sectores del clero local, lejos de aplicar la prudencia que dicta su propio Derecho Canónico ante “fenómenos extraordinarios”, permitieran —o alentaran por omisión— una narrativa que raya en la superstición.
La fe que necesita de un truco de humedad para sostenerse no es espiritualidad, es fanatismo de aparador.
Pero si bien la reacción de los fieles fue emocional, la de ciertos medios de comunicación fue negligente.
Vimos con asombro cómo portales digitales y reporteros locales abandonaron el rigor del “quién, cómo y por qué” para adoptar el lenguaje del amarillismo místico.
Difundir un fenómeno físico como un evento sobrenatural sin el menor contraste es, lisa y llanamente, traicionar la función social del periodismo.
No se informa para alimentar el morbo, se informa para dar contexto. En este caso, la prensa no fue el espejo de la realidad, sino la lupa que incendió la desinformación.
El fenómeno se potenció en la arena digital. En Facebook y TikTok, la “Virgen que llora” se convirtió en contenido de consumo rápido. El amarillismo digital ha creado un ecosistema donde la verificación es un estorbo para la viralidad.
En la urgencia de ser el primero en transmitir “en vivo” la lágrima, se olvidaron de preguntar si la imagen había sido intervenida recientemente o si las condiciones de temperatura en la parroquia influían en la madera y la policromía.
Lo ocurrido en el Valle de Toluca no es una afrenta a la religión, sino un llamado de atención a nuestra madurez como sociedad.
Una fe inteligente no teme a la ciencia; al contrario, se fortalece en la verdad.
Mientras sigamos prefiriendo el espectáculo de una estatua “sufriente” sobre la exigencia de una prensa ética y una formación ciudadana crítica, seguiremos siendo víctimas de nuestra propia necesidad de creer en espejismos.